1. Los cimientos filosóficos del poder
Desde la Antigüedad, el poder ha sido inseparable de la economía. Aristóteles ya distinguía entre la oikonomía (administración para la vida buena) y la crematística (acumulación ilimitada de riqueza), advirtiendo que esta última podía corromper el orden social. Siglos después, Maquiavelo asumiría una visión más cruda: el poder no se sostiene en la virtud, sino en la capacidad de conservarlo.
Con la modernidad, el análisis se vuelve estructural. Thomas Hobbes entendió el poder como un mecanismo necesario para evitar el caos; John Locke, en cambio, lo vinculó a la propiedad privada, sentando una base ideológica clave: quien controla la propiedad, influye en el Estado. Este principio será central para comprender el mundo contemporáneo.
2. Capitalismo, clases y hegemonía
En el siglo XIX, Karl Marx formula el diagnóstico más influyente: la historia es la historia de la lucha de clases. El capital no solo organiza la producción, sino también la política, la cultura y la conciencia. Para Marx, el Estado moderno es, en esencia, un “comité de gestión de los intereses de la burguesía”.
Más adelante, Max Weber matiza esta visión al introducir la legitimidad, la burocracia y la racionalización como fuentes de poder. El capitalismo no domina solo por coerción económica, sino por eficiencia, normas y aceptación social. Antonio Gramsci dará un paso más: la verdadera dominación es cultural. Las élites no gobiernan solo con dinero o ejércitos, sino convenciendo a la sociedad de que su liderazgo es “natural”.
3. El siglo XX: Estados Unidos y el capital global
Tras las dos guerras mundiales, el centro del poder global se desplaza con claridad hacia Estados Unidos. No solo emerge como potencia militar, sino como arquitecto del orden económico internacional: Bretton Woods, el dólar como moneda de reserva, el FMI y el Banco Mundial. Aquí se consolida una alianza duradera entre Estado, capital financiero e industria.
Pensadores como C. Wright Mills describen este fenómeno como la “élite del poder”: grandes corporaciones, altos mandos militares y clase política formando un bloque con intereses convergentes. La Guerra Fría, aunque ideológicamente presentada como un choque entre sistemas, también fue una disputa por mercados, recursos y zonas de influencia.
4. Neoliberalismo y concentración del capital
Desde los años 70, con la crisis del fordismo, surge el neoliberalismo, teorizado por Friedrich Hayek y Milton Friedman, e implementado políticamente por Reagan y Thatcher. El mercado se presenta como árbitro supremo, mientras el Estado se repliega… salvo para rescatar al capital cuando es necesario.
El sociólogo Pierre Bourdieu advierte que este modelo no elimina el poder, sino que lo vuelve menos visible. El capital económico se transforma en capital simbólico y cultural. A finales del siglo XX y comienzos del XXI, la concentración de riqueza alcanza niveles históricos: fondos de inversión, tecnológicas y grandes fortunas influyen directamente en gobiernos, legislaciones y agendas internacionales.
5. Globalización, imperio y resistencias
Autores contemporáneos como Immanuel Wallerstein describen el mundo como un sistema-mundo, con centros, periferias y semiperiferias. Estados Unidos ocupa durante décadas el núcleo hegemónico, imponiendo reglas comerciales, financieras y militares. David Harvey habla incluso de “acumulación por desposesión”: guerras, privatizaciones y endeudamiento como mecanismos de expansión del capital.
Sin embargo, el siglo XXI introduce fisuras: el ascenso de China, la multipolaridad, la crisis de legitimidad democrática y el cuestionamiento del orden liberal. Michel Foucault resulta aquí profético: el poder ya no reside solo en el Estado, sino que circula en redes (financieras, tecnológicas, mediáticas) que moldean conductas y deseos.
6. Conclusión: un poder que muta, pero no desaparece
La historia reciente muestra que el mundo no ha sido gobernado únicamente por naciones, sino por alianzas entre capital, conocimiento y poder político, con Estados Unidos como eje central durante gran parte del último siglo. La influencia de los grandes poseedores de capital no ha disminuido; se ha sofisticado.
Como advertía Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida: el poder es móvil, escurridizo, difícil de señalar, pero profundamente efectivo. Comprender esta evolución (desde la filosofía clásica hasta la geopolítica actual) no es solo un ejercicio intelectual, sino una herramienta crítica para interpretar el presente y pensar alternativas futuras.
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